Categoría: Gobernanza de Género

Una de Hillary y veinte de las otras

Mientras Hillary Clinton perdía su entrada en la Casa Blanca, yo comenzaba en Santa Cruz de Tenerife una serie de sesiones formativas sobre Gobernanza de Género dirigidas a personal de la Administración Autonómica de Canarias.

No podíamos haber tenido un contexto político global más idóneo que nos sirviera como ejemplo para plantearnos la siguiente pregunta: ¿Cómo impacta realmente en las luchas feministas que una mujer asuma la presidencia del Gobierno de uno de los países con mayor influencia en la escala global?

Si hay una pregunta que atraviesa los posicionamientos feministas en los ámbitos de la gobernanza es aquella que plantea la disyuntiva entre lo cuantitativo y lo cualitativo. Es decir, la forma en que puede entrelazarse el objetivo de favorecer la igual presencia de mujeres y de hombres en los espacios de toma de decisiones y la idea general de que lo que importa de los proyectos políticos que defienden las personas con poder es que sean realmente feministas.

 

La profesora de Ciencia Política Anne Philips abordaba en parte esta disyuntiva al afirmar que la justa representación en política significa que la diversidad del electorado (según factores de identidad como sexo/género, origen cultural u otros) pueda encontrar un reflejo de sí mismo en los cuerpos de electores (The Politics of Presence: 1995). Su propuesta era principalmente cuantitativa y abrió una línea de debate feminista en política que giraba (y aún sigue girando) en torno a la necesidad e impacto político de la paridad en los órganos de representación. El trabajo de la autora es muy interesante porque nos invita a plantearnos ciertos reenfoques en los modos de entender la representación política: las ideas son importantes pero también lo son las personas que las representan. Un algo así como políticas de identidad.

Más allá de todas las pegas que pudiéramos encontrar a esta perspectiva y a las políticas y propuestas teóricas basadas en la identidad lo cierto es que, de algún modo, parecen atravesarnos a casi todo el mundo y nos cuesta desprendernos de ellas. No obstante, lo que sin duda es crucial a este respecto es tratar de entender este tipo de propuestas no tanto como un fin en sí mismo sino como un instrumento para alcanzar mayores logros. Así lo expresa Victoria Camps cuando se pregunta si la lucha cuantitativa en favor de una mayor presencia numérica de mujeres es suficiente y satisfactoria (El siglo de las mujeres, 2003).

 

El dilema que hemos tenido en estas elecciones presidenciales en Estados Unidos es tal que lo que más nos pesa es la victoria de Trump y no la pérdida de Clinton.

Porque lo cierto es que Hillary Clinton estaba lejos de representar lo que desde buena parte de los feminismos de hoy reclamamos. Es más, la candidata parecía concentrar en su propio cuerpo unos gestos y discursos profundamente heteropatriarcales. La misma bell hooks subraya:

“There are certain things I don’t want to co-sign in the name of feminism, that I think are: militarist, imperialist, white supremacist, whether they are condiucted by women or men”.

 

Así que según esta autora es preciso que abandonemos el terreno de la presencia para volver al de las ideas, marcando un recorrido de ida y vuelta que parece no tener fin:

” (…) it’s not a question of whether you’re gay or straight or black or white, what do you stand for? Who are you? How can you know that? And operate from that position of power?

 

Es decir, que no importa tanto la identidad que te atraviesa, cuáles son los factores con los que te identificas o que moldean tu construcción subjetiva sino tus ideales, tus aspiraciones, los discursos y formas políticas con las que te identificas conscientemente, el lugar en el que te posicionas.

Sin duda esta propuesta es tremendamente potente y concentra elevadas dosis de autonomía y capacidad de decisión.

 

 

Y entonces, tras escuchar a bell hooks, Hillary Clinton se nos vuelve inadecuada a los feminismos porque se nos sitúa tremendamente lejos, políticamente opuesta. Hay quien ha llegado a afirmar, incluso, que la candidata aspiraba a convertirse precisamente en el prototipo de uno de los máximos enemigos del feminismo: una macho alfa.

Yo no lo sé.

Creo que los espacios de la subjetividad son demasiado complejos como para averiguar las motivaciones íntimas de Hillary, sus conflictos internos, sus procesos vitales de reconocerse, identificarse, superarse, rehacerse.

No me caben muchas dudas, no obstante, de que sus propuestas políticas tuvieran poco que ver con las mías. Sinceramente no creo que Hillary Clinton hubiera hecho demasiado por los procesos de gobernanza de género, con todas sus implicaciones en el establecimiento de un marco conceptual extenso y flexible desde el que abordar los procesos de planificación de políticas teniendo en cuenta un enfoque transversal del género. Quizá bell hooks tenga razón y esto sea lo verdaderamente importante pero no puedo negar que hay interrogantes que me impiden dar el debate por cerrado:

¿Cómo podemos empezar a defender la importancia de otras formas de estar y hacer política sino tenemos en cuenta también la pura presencia, la visibilidad, los referentes, la superación de los espacios propios según el sexo/género?

Es decir, ¿cómo podemos negar la necesidad de lo cuantitativo cuando todavía la presencia de mujeres en los espacios de toma de decisiones (en la mayor parte de los contextos) es nimia, irrisoria, menor?

 

Quizá Hillary Clinton no fuera, ni de lejos, nuestra candidata. Pero en sí misma concentra, por el solo hecho de haberse construido como mujer, una historia de vida y un simbólico de género que guarda puntos de confluencia y similitud con las otras mujeres, esas que, como yo, comparten con ella rasgos de semejanza -aunque sea de forma leve y con menos potencia que otros factores de identidad. A veces quisiera ser muy postmoderna y sentirme verdaderamente más allá de la identidad de género que me ha sido asignada pero no lo consigo: sigo pensando que, todavía hoy, la categoría “mujeres” es una herramienta de unión e identificación que nos permite encontrar puntos de unión en los feminismos. Y, por tanto, una herramienta conceptual y política que nos fortalece.

No sé si hubiera votado a Hillary Clinton como candidata del partido Demócrata, pero lo que sí creo es que nos hacen falta más mujeres que cuestionen la cansina normalidad del androcentrismo en el que las mujeres, sencillamente, no estamos. Aunque sea después para volcar sobre ellas nuestras más agudas críticas.

 

[Este artículo también se ha publicado en Tribuna Feminista]

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