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La naturalización de la desigualdad

Las diferencias entre mujeres y hombres existen. También existen las diferencias entre mujeres y las diferencias entre hombres. Las diferencias nos enriquecen y debemos preservarlas porque toda diferencia es un signo de abundancia y de libertad, incluso un reto y hasta un logro.

Cuando tratamos de explicar las diferencias entre las personas y fundamentar su (nuestra) diversidad a veces nos apoyamos en lo que consideramos ‘designios naturales’. Lo que no debemos hacer es repetir el mismo esquema para explicar las relaciones de desigualdad, o caeremos en el peligro de naturalizar las desigualdades entre mujeres y hombres.

Desde los años 70 del siglo pasado hasta la actualidad, el corpus teórico feminista se ha ido articulando a lo largo de una variada combinación de matices teóricos y prioridades políticas que, de una manera u otra, abordan las nociones de ‘naturaleza’ y ‘cultura’ como una relación necesaria para explicar lo que son las mujeres y los hombres.

Hoy nos vamos a detener en algunos aspectos de la perspectiva que recurre a lo biológico para explicar parte de las diferencias.

 

 

La naturalización de las diferencias

Hay una tendencia en parte del pensamiento feminista que se basa en la naturaleza para explicar algunas de las diferencias entre mujeres y hombres. También es una postura ampliamente extendida en el imaginario social.

Este modelo sostiene que parte de lo que entendemos por feminidad y masculinidad se explica a partir de las diferencias biológicas entre las personas que, como ya vimos, se expresa particularmente en sus características anatómicas (cuerpo macho y cuerpo hembra).

Desde mi punto de vista, este modelo aporta interesantes planteamientos para intentar entender lo que somos las personas pero tiene, sobre todo, un ineludible hecho rescatable y dos grandes riesgos.

 

El hecho rescatable tiene que ver con los procesos que envuelven la reproducción de las personas y con su impacto en los cuerpos sexuados y en las relaciones sociales.

Procreación, gestación, adopción, vientres de alquiler… pero también crianza, amamantamiento, vínculo, corresponsabilidad o permisos sociales para el cuidado infantil, tienen que ver y ser planteados desde una perspectiva que conjugue las capacidades y posibilidades biológicas con su articulación en la vida social. Este es un aspecto en el que debemos detenernos con delicadeza en el feminismo porque existen posturas bastante enfrentadas y porque sólo tratando de encontrar puntos de afinidad podremos llegar a plantear medidas sociales que cuenten con un amplio apoyo social.

Podríamos incluso entender que hasta la idea de ‘lo natural’ es construida pero no podríamos negar que existen condicionantes biológicos que pueden ayudarnos a explicar los acontecimientos sociales y a proyectar modos más respetuosos de vida.

 

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Los dos grandes riesgos de este modelo tienen que ver, por un lado, con el uso de la noción de ‘sujeto desviado’ para explicar los comportamientos de personas que no se someten a las normas hegemónicas y, por otro lado, con la ‘naturalización’ de la desigualdad social.

Dos peligros muy evidentes pero, sobre todo, ¡muy extendidos!

 

Llegar a plantear que existen sujetos desviados, parte de una explicación que fundamenta la norma y la diferencia en la naturaleza.

Si la naturaleza dispone la vida social como tiene que ser todas las personas que no respondan a la manera que consideramos ‘natural’ tendrían algún defecto, fallo, estigma o desviación que los posiciona como sujetos que no cumplen con lo que manda la naturaleza, es decir, con lo que tiene que ser. Porque lo natural es bueno y es el fundamento de la vida… ¿no?

Esta postura, ha legitimado prácticas sociales de ‘corrección’ de esos sujetos que no cumplen con lo que la naturaleza dispone, como por ejemplo las diversas prácticas de ‘cura’ de la homosexualidad, las acciones de ocultamiento o eugenesia de personas con diversidad intelectual, la expulsión del grupo o persecución de personas albinas en algunos lugares o las prácticas de segregación a mujeres por ser consideradas como seres inferiores a los hombres. Pero también está el ejemplo de la presuposición de que todas las mujeres quieren ser madres por naturaleza y que, las que no lo son, incumplen ese designio y se quedan -las pobres- incompletas.

A veces me entran ganas de reír y de llorar al mismo tiempo.

 

La naturalización de las desigualdades

Además del riesgo de poder fundamentar que existen sujetos desviados,existe otro al que no debemos perder de vista.

Si atendemos a la idea de que la naturaleza dispone la vida social de una determinada manera que es, digamos, inmodificable y legítima -incluso ‘buena’-, todos los acontecimientos de la vida serían, por consiguiente, naturales, legítimos y eternos o, acaso, inevitables. Nos encontramos ante la natural universalidad del amor, el naturalísimo afán por competir y ganar y la también híper natural pulsión masculina por plantar semilla.

(En esta ocasión creo que me apetece más reír).

Pero junto a estos pocos ejemplos podríamos seguir sin freno y llegar incluso a naturalizar las desigualdades entre las personas. Las personas que integran el movimiento por la diversidad funcional saben mucho de esto.

No por casualidad, el tipo de base teórica apoyada en la naturaleza para explicar la desigualdad social ha sostenido históricamente prácticas y sistemas de desigualdad tan horripilantes como la segregación racial, la colonización, la explotación de la población rural y trabajadora, la esclavitud o el patriarcado. Y es que parece que ante el insoportable peso de considerarnos responsables de los modelos sociales, recurrimos a la naturaleza para apoyar nuestras explicaciones -o para legitimarlas. Así lo expresa María Ángeles Querol:

Lo que ocurre es que la sociedad occidental actual parece deseosa de encontrar razones biológicas para cuestiones sociales que, siendo negativas en muchas ocasiones, resultan tan difíciles de superar: la agresividad -la guerra-, el racismo, el desigual reparto de la riqueza, el desequilibrio medioambiental o la pretendida inferioridad de las mujeres (“Las mujeres en los relatos sobre los orígenes de la humanidad”, 2005).

 

Aunque en ocasiones, más que ese peso, parece que lo que tenemos es mucho morro.

 

Es importante que le dediquemos un tiempo a tomar conciencia del lugar desde el que explicamos las diferencias entre mujeres y hombres. No porque la verdad esté sólo en un sitio -eso es algo que difícilmente vamos a poder saber nunca- sino porque a veces contribuimos a legitimar las desigualdades. Y eso es algo que sí podemos evitar. Las desigualdades no nos enriquecen.

 

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