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Estar guapa me violenta

Tengo mis conflictos con las mujeres que le dan gran importancia a su aspecto físico. Tengo mis conflictos con las mujeres que persiguen imitar con su cuerpo un tipo de estética femenina mainstream: cuerpos delgados, hiper sexuados, depilados, jóvenes y maquillados. Tengo mis conflictos, a veces, conmigo misma.

En cada época histórica, han existido determinados patrones estéticos sobre la feminidad y la masculinidad. El problema es que la presión por cumplir ese modelo es hoy mucho mayor que en otros momentos: los medios de comunicación en todos sus formatos se afanan en mostrarnos los ideales de belleza de tal modo que se vuelve casi imposible escapar a ese espejo. Sálvese quien pueda.

 

Two Woman Wearing Black and White Brassiere

 

La presión del ideal de belleza recae, sobre todo, en las mujeres. La propagación del actual arquetipo estético femenino se realiza indistintamente desde las revistas adolescentes, desde los videoclips, anuncios de bebidas alcohólicas, perfumes o cualquier otro producto, desde los periódicos, el cine y las series de televisión. La belleza femenina -mejor dicho, el cumplimiento de las mujeres con un específico prototipo de belleza- puede convertirse en un instrumento de violencia.

¿Por qué?

Es violencia

Por la presión que ejerce sobre nosotras cumplir ese mandato. Por medir nuestra valía con nuestra apariencia. Por dinamitar la autoestima. Por hacernos malentender la noción de autocuidado. Por empujarnos inconscientemente a competir con las otras mujeres y con nosotras mismas. Por hacernos creer que la aceptación masculina es un trofeo. Por hacernos creer que nuestro cuerpo es siempre mejorable, que siempre hay defectos. Por tantas cosas de mierda.

 

La presión del prototipo actual de belleza femenina es una clase de violencia que se cierne sobre nosotras de forma cotidiana y desde edades muy tempranas. No sólo desde los medios, también desde nuestro entorno, nuestras familias, nuestras parejas, nuestros iguales, nosotras mismas.

 

 

Cualquiera de nosotras puede contar alguna experiencia sobre cómo encarnamos esta presión aunque no todas nosotras la identificamos como “violencia”.

Desde numerosas fuentes, se argumenta que el ideal de belleza femenina actual sí es un específico tipo de violencia que, de forma simbólica, contribuye a perpetuar el sistema de dominación masculino por medio de la cosificación femenina y el sometimiento a unas determinadas normas estéticas que, ciertamente, son difíciles de sortear y enfrentar.

La presión por tener un cuerpo ‘perfecto’ en la versión de lo que estipula la cultura hegemónica de género es un insoportable peso que nos atenaza. Transtornos alimentarios, depresiones, insatisfacción, vergüenza, complejos. El anhelo de tener algo que no tenemos, de ser algo que no somos y que, sin embargo, consideramos deseable y mejor que lo que poseemos.

 

Mientras no le demos duro a esta presión estética poco avanzaremos en la superación de la desigualdad de género porque aquí yace la raíz de la cosificación de las mujeres: ese perverso juego de convertir a las personas en cosas -cosas bonitas-, objetos permanentes desprovistos de capacidad de acción y decisión cuyo principal fin es agradar y contentar a quienes las miran: los sujetos masculinos.

No hay que sacarle los ojos a nadie para que deje de mirar.

Hay que transgredir la norma.

 

 

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