Las otras

NOTA: este post es una contestación a Vanesa, autora del blog Una madre como tú que, en respuesta a mi primer post de esta discusión (¿Es feminista defender el derecho a cuidar de los padres?), que se publicó en el muro de FB de Podemos Feminismos, escribió este otro: Curar la depresión postparto trabajando.

Hola Vanesa, he leído tu post y me parece muy útil que escribas sobre este tema. Pero permíteme que puntualice algunas de las cosas que dices, porque son falsas -algunas- y otras simplemente han tergiversado el enfoque inicial.

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Leonas

Mi anterior post ha provocado algo de polémica en diversos espacios de la red.

Las prisas de las lectoras, una actitud tremendamente reactiva y una claridad insuficiente por mi parte han hecho estallar un debate que tenemos pendiente.

A raiz de este episodio quiero manifestarme sobre diez aspectos distintos:

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¿Es feminista defender el derecho a cuidar de los padres?

¿Es feminista defender el derecho a cuidar de los padres?
 

El pasado 17 de noviembre estuve en un acto en el Parlamento Europeo sobre los permisos de maternidad y paternidad iguales, intransferibles y 100% remunerados. El acto estaba organizado por Podemos (integrado en el Grupo Confederal de la Izquierda Unitaria europea) y la Plataforma Internacional por los permisos de paternidad iguales, intransferibles y 100% remunerados (PLENT) de la que es parte la PPiiNA española.

Me di cuenta de que en una propuesta que yo siempre he visto tan clara existen varias líneas de interrogantes que no parecen estar suficientemente habladas y consensuadas.

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#NosQueremosVivas. Y también nos queremos sin ninguna opresión.

ni una menos_mano

#NiUnaMenos

Dicen los medios que las mujeres mueren. Dicen que fallecen.

Los medios de comunicación de masas dicen y crean verdad. Definen la realidad, aunque sea mentira.

Hoy, nosotras, decimos: no nos morimos, nos están matando.

Los asesinatos de mujeres son, sin duda, la más feroz expresión de las violencias machistas. Y una sociedad que tolera o que acoge hechos de este tipo no puede creerse una sociedad democrática o defensora de la igualdad y la dignidad de las personas.

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7N. Marcha Estatal contra las Violencias Machistas

7N. Marcha Estatal contra las Violencias Machistas
 

Decía María Pazos que la sociedad española sí está movilizada para frenar la violencia de género a diferencia de otras del norte, y que eso era algo que teníamos que aprovechar.

Nada más ilustrativo de esta conciencia colectiva que la marcha convocada en Madrid para este 7 de noviembre de 2015. Una MARCHA CONTRA LAS VIOLENCIAS MACHISTAS que pone de manifiesto la dificultad para nombrar un problema que adquiere múltiples matices y formas y que constituye la esencia misma del patriarcado. Las violencias machistas son muchas cosas, y de ahí la diversidad de términos empleados para nombrarla, incluso en el propio manifiesto: terrorismo machista, feminicidios, asesinatos, acoso laboral, violencia sexual, recortes sociales, control del cuerpo de las mujeres…

Las violencias machistas abarcan un problema estructural que necesita ser:

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Parir

No me canso de repetir que hay puntos comunes en la diversidad de miradas feministas pero que hay también puntos muy distanciados, incluso antagónicos.

Muchas de estas posturas antagónicas giran en torno al cuerpo y están sobrevoladas por la idea de lo natural. Muchas feministas rechazan visceralmente todo lo que suene a esencialismo (como enfoque contrario a la construcción cultural). Y muchas feministas se agarran a lo específico de las mujeres como palanca para desmontar la dominación patriarcal.

Muchas otras feministas tratamos de situarnos en el medio o, mejor, entre todo.

Aquí quiero escribir sobre el acto de parir como una oportunidad para subvertir el modelo de dominación sobre las mujeres, y me gustaría remitiros a este video de la artista Ana Álvarez-Errecalde como un recurso visual para sostener mi postura.

Parir no es ser madre

La maternidad es un proceso en construcción. A mi modo de ver, no hay un conocimiento consciente ni una sabiduría previa que portemos las personas antes de experimentar lo que es tener una hija. Acaso, hay intuición. O la pulsión por conservar la vida.

El acto de parir no es una condición para la maternidad, es sólo una posible vía: hay madres que no han parido y hay parturientas que no llegan a ser madres.

Esta premisa es fundamental para poder desarticular la relación obligada entre un proceso fisiológico específico de los cuerpos sexuados femeninos (el parto) y la noción de maternidad.

¿Por qué es importante realizar esta desarticulación?

Porque es la única vía para defender la maternidad como un elección de las mujeres. La maternidad no puede ser entendida como un destino obligado, delimitado o imprescindible para la realización femenina si queremos defender nuestros derechos y nuestra autonomía. De esta defensa se ocupa el feminismo.

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Ana Álvarez Errecalde. Foto extraída de su web.

Parir puede ser un acto subversivo

De forma progresiva, se ha producido un paulatino incremento de la medicalización y de los conocimientos reglados expertos en torno a los procesos fisiológicos de las mujeres; históricamente, se ha dado la apropiación masculina de las prácticas, saberes y acontecimientos fisiológicos femeninos, como el embarazo, el parto y el puerperio. Las mujeres hemos sido expropiadas de procesos propios y conocimientos autogestionados como una consecuencia más de la inabarcable expansión del sistema de dominación patriarcal. Ea.

Para muchas mujeres, parir con autocontrol, conciencia y presencia es una forma de reapropiarse de la vivencia. Es una oportunidad para ejercer y demostrar-se el propio poder. Es, además, una manera de volver a la carne, a la sangre, a la materia que somos, y que las ideas estereotipadas de la maternidad han teñido de pulcritud y blanco. Reivindicar la materia es también defender las historias de las mujeres por oposición al imperio de lo racional, lugar en el que se alimenta el plus-valor de lo masculino.

Reivindicar un parto propio no trata de sospechar de las mujeres que paren siguiendo la senda marcada actualmente. (¿Quién, además, no sigue la senda marcada en algún momento, o hacia algún lugar?). El feminismo no quiere alimentar las sospechas sobre las mujeres, sino defender nuestra capacidad de elección.

Las incógnitas

¿Por qué precisamente son los aspectos más vinculados al cuerpo los que tienden a enfrentar a las feministas?

¿Por qué las mujeres sospechamos cuando las otras no cumplen con lo que creemos que debería ser la forma más acertada de comportarnos “como una mujer”?

¿Por qué tendemos a simplificar las cuestiones complejas cuando son la capacidad de reflexionar y la autocrítica lo que primero se comen los sistemas de dominación?

¿Por qué no nos apoyamos, coño, en las decisiones que tomamos?

 

Ángela. Octubre 2015.

Ángela. Octubre 2015.

Reivindicar

Reivindicar es la forma originaria de hacer valer nuestros derechos. El derecho a decidir es la base para garantizar la autonomía de las personas y nuestro desarrollo personal.

Reivindicar un parto propio, un parto sin violencia, un parto auto guiado es un acto político. Un acto político que yo entiendo como genuinamente feminista, porque el feminismo es, entre otras cosas, la pulsión por empoderarse de quienes han sido excluidas por no tener identidad masculina.

Quiero recordar aquí los nombres de tres mujeres cercanas que han hecho mucho por defender su decisión y libertad en el parto: a Ángela, mi hermana, por su tenacidad y bravura; a Pilar, compañera de militancia, por su compromiso con todas las mujeres; y a Ana Álvarez Errecalde, por su generosidad.

Apuestas feministas y por la diversidad funcional

Apuestas feministas y por la diversidad funcional
 

El pasado 19 de septiembre de 2015 recorría Madrid la IX Marcha por la Visibilidad de la Diversidad Funcional y volvía yo a pensar sobre la necesidad de garantizar una vida independiente para todas las personas y cómo en muchos sentidos los reclamos feministas y los que surgen de la apuesta social por la diversidad tienen mucho que ver.

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… Y también soy madre

Existen muchas cuestiones que me inquietan en torno a la maternidad pero hay dos preguntas que en los últimos meses me son de especial trascendencia:

  • ¿Por qué no puedo subrayar mi maternidad como un dato más de mi identidad en los espacios profesionales y de activismo político?
  • ¿Y por qué todos los proyectos que ensalzan de algún modo la maternidad nos parecen siempre desde los feminismos un punto grimosos?

A partir de estas preguntas y de la infinidad de respuestas y nuevos interrogantes que me surgen, me he propuesto dos objetivos para comenzar el nuevo curso: el primero, comenzar a poner sobre la mesa que la maternidad es una experiencia que me enriquece profesional y políticamente. Y el segundo: evitar asociar maternidad gustosa con feminidad rancia.

Ana Fernández de Vega

Parque Natural de Sanabria, Zamora. Agosto de 2015.

Nunca me recomiendan que diga en una entrevista de trabajo que soy madre, al contrario, siempre me aconsejan que no se me ocurra mencionar mis responsabilidades maternales porque se entienden como responsabilidades potencialmente competitivas con las laborales. Y yo siempre me quedo algo disconforme…

¿Acaso mis responsabilidades no se resuelven desde la misma fuente?

¿Acaso mis aprendizajes y cualidades no las llevo conmigo allá dónde estoy?

Por otra parte, en las reuniones políticas de cualquier tipo nunca mencionamos las responsabilidades de cuidados que estamos asumiendo en esos momentos. Particularmente en los espacios feministas, no solemos hacer visibles las tareas de cuidados a las que estamos haciendo frente, o las personas dependientes que tenemos a cargo o los tiempos cotidianos que dedicamos a sostener la vida de las demás personas. En estos espacios, como en los otros, sólo nos avalan nuestros méritos curriculares y profesionales. Y yo siempre siento que me falta algo por señalar…

¿Acaso lo personal no era político?

Desde mi punto de vista, la maternidad como experiencia de entrega y aprendizaje tiene un valor que merece ser hecho visible. Pero, más allá de este valor, tiene, sobre todo, unas consecuencias. En mi experiencia vital, la maternidad me ha brindado la oportunidad de madurar y mejorar mi carácter, rasgos ambos que me aportan una riqueza útil en el mundo profesional y en el político. Y, además de ello, la asunción de una maternidad consciente y en ciertos puntos sumamente crítica me ha permitido profundizar en la normalización del rol de género en mujeres y hombres y encarnar en mi día a día el discurso feminista sobre el trabajo de cuidados como eje central de la sostenibilidad de la vida y el funcionamiento social.

Ana Fernández de Vega

Manifestación del 8 de marzo. Madrid.

“Los cuidados” no son un trabajo que asumen las mujeres en abstracto; plantearlo de este modo me rechina y me parece vacío y opaco. Los trabajos de cuidados los asumimos todas, en general, en nuestras relaciones interpersonales (ya sea siendo madres, ya siendo hijas o siendo nietas, ya sea como trabajadoras del hogar o como cuidadoras informales… las experiencias son múltiples pero generalmente son femeninas). No podemos plantear esta realidad únicamente como una demanda de trasformación que apunte a la corresponsabilidad social. Sin duda esto es necesario y es el objetivo fundamental pero pierde su vinculación con la vida real si las mujeres no somos capaces de nombrarnos y situarnos en esa realidad. Y esto es solamente posible por medio del posicionamiento: por eso digo que yo soy madre.

Digo que, además de una profesional, soy madre, y no quiero obviarlo porque son dos partes inseparables de mi trayectoria vital. Y lo que quiero es un mercado laboral que no penalice por ser madre, y una de las formas que tengo de lograrlo en mi individualidad es no esconderlo, sino pelearlo.

Digo que, además de una feminista comprometida, soy madre, y quiero decirlo porque son dos rasgos hiper potentes de la identidad en la que me reconozco. Y lo que quiero es un feminismo plural y flexible que protagonicen las mujeres en su diversidad y se fundamente en las similitudes que tenemos los sujetos que no formamos parte de los núcleos de poder de la masculinidad dominante, núcleos en los que los cuidados hacia las demás personas no ocupan las posiciones prioritarias.

Ana Fernández de Vega

Parque Natural de Sanabria, Zamora. Agosto de 2015.

Y, por todo esto, hago público mi primer objetivo para el nuevo curso: subrayar que la maternidad es una experiencia que me enriquece profesional y políticamente.

Y que conste que es un grito en positivo que no está en absoluto edificado sobre la negación de otras posibilidades: el valor que yo le doy a la maternidad no resta valor a experiencias vitales no maternales. Me gustaría que esta idea quedara clara de principio a fin.

Los hombres que nos gustan

Cuando busco aparacamiento de noche siempre pongo cuidado en dejarlo en un lugar alumbrado, no solitario, y con una calle ancha al lado por si tengo la necesidad de salir corriendo. Cuando voy por la calle y algún hombre mi mira fijamente mostrando un asqueroso interés me siento incómoda, pero le miro fijamente yo también y le desafío. Cuando vuelvo a casa caminando sola siempre llevo una gran piedra entre los dedos. Cada vez que me visto apretada y sexi se me pasa por la cabeza la duda de si no estaré siendo demasiado provocativa.

La cultura de la violación es, resumidamente, la justificación o trivialización de las conductas sexuales agresivas contra las mujeres, siendo la violación su máximo exponente. La cultura de la violación se sotiene sobre la masculinidad dominante y sobre el entendimiento del cuerpo de las mujeres como una provocación. La cultura de la violación instala el miedo en las mujeres.

Pero la responsabilidad de la cultura de la violación no es de las mujeres.

Esta misma mañana he leído un post de El Demonio Blanco de la Tetera Verde sobre la cultura de la violación. Te recomiendo que lo leas, especialmente si eres hombre. De entre toda su extensión, hay una idea clave que es la que más me ha sugerido: todos los hombres forman parte de la cultura de la violación pero existen algunos que, en su hacer y en su forma de relacionarse con las demás personas (especialmente con las mujeres) ponen particular cuidado (muchas veces inconsciente) en no reproducirla. Estos son los hombres que nos gustan.

Ese hecho de que todos los hombres -sí, todos los hombres, incluso tú- forman parte de la cultura de la violación por el solo hecho de ser hombres resulta sin duda una de esas verdades hirientes. Quien escribe el post resume muy bien el proceso de asimilación de esta idea por parte de los hombres, las resistencias que genera y, lo que es más importante, la necesidad de no sentirlo como un ataque acometido contra ellos sino como una característica de las relaciones de poder y dominación entre la masculinidad y la feminidad en nuestra cultura social.

cultura de la violación

En todos estos avances discursivos que se están produciendo hacia la igualdad real entre mujeres y hombres existe un tema aún no tan en voga que es el de los procesos de creación de la subjetividad individual. Si bien es cierto que se están produciendo grandes avances y que se puede incluso distinguir un giro hacia la aceptación de los feminismos entre ciertos sectores sociales, todavía no se ha popularizado la discusión en torno a los complejos procesos de creación de identidad (masculina o femenina). El mantenimiento de la cultura de la violación se nutre de estos procesos. La revisión de la propia subjetividad masculina es clave para no fomentar la cultura de la violación.

Muchas veces esta revisión se manifiesta en un callar a tiempo o, al contrario, en levantar la voz de forma oportuna contra un compañero o un desconocido. Otras veces se expresa en nuestro lenguaje verbal, mudo pero definitivo. En otras ocasiones es una voluntad consciente y honesta por no querer parecer ni asimilarse a un machirulo fanfarrón. A veces sólo hay que estar alerta del comportamiento de los otros hombres cuando hay mujeres a nuestro alrededor. Existen muchas otras formas de llevar a cabo esta revisión; algunas las menciona Demonio Blanco en su post, otras seguro que se te ocurren a ti.

Los hombres que revisan su identidad masculina son los únicos que consiguen escapar de la cultura de la violación. Y se les nota. Y por eso nos gustan tanto.